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Cuando no se debe... es mejor

La reunión en casa va muy bien, nuestros familiares, nuestros amigos, todo marcha en paz, hasta que te veo levantarte y caminar en dirección a la cocina, ahí se enciende algo dentro de mí, se enciende por verte caminar y observar tu cuerpo perfecto en pleno movimiento, con eso basta para que se despierte el animal que has creado en mí. Me disculpo con palabras cortas, y voy a alcanzarte, lo hago sin dejar de observarte por detrás; tu cabello, tus hombros, tu perfecta espalda y la forma en que se curva para dar paso a esa bien delineada cintura, mi mirada sigue y esa línea se vuelve a curvar para trazar la forma de tu cola, irresistible, enloquecedora, delirante… mía.

Alcanzo tu muñeca con mi mano, y sin apenas darte tiempo a reaccionar, te jalo conmigo hacia el estudio que está unos metros antes de la cocina, ni siquiera me giro a mirar si alguien nos vio entrar, solamente sé que estamos dentro del estudio, y que estoy cerrando la doble puerta detrás de mí. Tú me miras algo desconcertada, pero no te dejo pensar, no te dejo reaccionar y te llevo casi empujándote hasta sentarte encima del escritorio. Llevas un vestido de tela muy fina, con una abertura que muestra tus firmes piernas, y que uso para poder separarlas desde los muslos y dejarte abierta frente a mi cuerpo.

Ríes y sonríes con una mezcla de nervios y de complicidad, aunque hemos hecho miles de cosas juntos, los ruidos del otro lado de la puerta no nos dejan olvidar que la casa está llena de gente. Me abrazas pasando tus brazos alrededor de mi cuello, no dices nada, solo te dejas hacer, solo me dejas que te siga besando como desesperado. Mi cuerpo se pega contra el tuyo sin dejar espacio en medio de nosotros, la erección en mi pantalón ya es evidente, se remarca la figura de mi pene y muestra que tan listo estoy para penetrarte. Al sentirme así y mirarme como estoy, intentas detenerme, “es una locura” me dices, yo asiento con la cabeza, sé que lo es, pero nada me va a detener. En un parpadeo me has puesto como un animal en celo, y lo único que me importa es estar dentro de ti y que destroces mis oídos con tus gemidos y jadeos.

Sigues diciéndome que pare, que nos van a descubrir, que alguien abrirá la puerta y no nos pueden encontrar así. Yo te respondo con un sonido, pero no de mi boca, sino el del cierre de mi pantalón bajando sonoramente. Mi boca no puede responderte nada porque está llena de tu piel, tu cuello húmedo por la saliva en mis labios, tu boca mojada por la saliva que ambos compartimos en besos calientes y desordenados, me sigues pidiendo que pare, pero tu cuerpo no deja de enredarse al mío como mi lengua a la tuya.

Me separo apenas unos instantes, los suficientes para sacarme el miembro duro por donde bajó el cierre, y volver a tu cuerpo para tallarlo contra tus muslos, ahora sientes cada centímetro de mi sexo rozándose contra tu piel, y entonces dejas de pedirme que pare. Me besas con un descontrol total, y lo haces así porque una de tus manos ha bajado a tu entrepierna para tomar mi pene y masturbarlo. Haces movimientos fuertes, rápidos y bien marcados, me arrancas un gemido que se estrella contra tu boca, pero el segundo de mis gemidos se estrella contra el primero de tus jadeos, y es que con mis manos ya tomo tus tetas y las aprieto entre mis dedos por encima de tu vestido.



Nos estamos devorando vivos, y apenas ha pasado un minuto desde que estamos escondidos de los demás. Las caricias aceleran y las manos ya se meten a jugar mutuamente entre nuestra entrepierna, de pronto paramos en seco y nos miramos uno al otro fijamente, alguien se ha detenido justo afuera del estudio, es clarísimo como esa persona está a escasos centímetros de la puerta… y justo ahí yo bajo mi mano para meterla entre tus piernas y rozarte la vagina por sobre la tela. Miro directo a tu rostro, te conozco tanto… estás por gemir, y lo harás fuerte…

Por instinto puro pego mis labios a los tuyos, y literalmente me como tu gemido en uno de los besos más calientes que nos hayamos dado tú y yo. Mi mano no te da tregua, y lejos de dejar de rozarte, empiezo a mover hacia un costado tu ropa interior, te quiero penetrar con mis dedos, te quiero penetrar con mi sexo, y quiero hacerlo mientras esa persona sigue hablando afuera de donde estamos nosotros.

Tu mirada va a mil de un lado a otro, me miras a los ojos, miras nuestra entrepierna y miras hacia la puerta mientras respiras totalmente agitada, tu mirada tiene excitación, tiene miedo, tiene morbo. Ahora me adelanto y te beso, llenando tus labios con los míos, y lo hago porque dos de mis dedos llegaron a la entrada de tu vagina; los dejo ahí, y sincronizando la penetración, entro mis dedos a tu sexo y mi lengua a tu boca. Apenas puedo acallar tus gemidos, apenas puedo escuchar tu voz pidiéndome que te penetre ya, pero si escuchamos muy bien cómo se suma una nueva voz para hacer más fuerte plática justo afuera de donde estamos tú y yo, en ese momento intentas detenerme, el miedo parece ganarte, me dices que entrarán, yo te respondo que es posible, porque no puse seguro a la puerta… recién termino de decirte esto, y empujo mi erección completa dentro de tu vagina.

Ahora somos dos los que jadeamos, dos bocas las que intentan silenciar los ruidos, y se llenan de gemidos una a la otra. Dejo tu boca un momento para apoyar mis manos en la madera del escritorio, y comenzar a bombear dentro de ti a mil por hora, fuerte, rápido, con un ritmo de vértigo que hace total contraste con las lamidas que mi boca hace en la tuya, en tu cuello y en tus orejas, me muevo frenéticamente, empujándote y por momentos haciéndote recorrer sobre el escritorio, pero te jalo hacia a mi desde tus muslos, y vuelvo a arremeter contra tu sexo sin importarme quien esté afuera o quien pueda descubrirnos, más allá de importarme, entre una embestida y la otra, me acerco y con voz suave te susurro al oído “Si alguien entra, no voy a parar de cogerte”

Al escuchar esto, tu sexo se contrae, los espasmos que comienzas a tener me aprietan fuertísimo, estás acabando en mí, estás bañándome de ti, y eso solo causa lo inevitable… que yo haga lo mismo dentro de ti.

La inercia del movimiento no nos deja frenar enseguida, el orgasmo acallado entre dos bocas nos deja sin aire por unos momentos, jadeamos, intentamos normalizar la respiración, nos miramos, nos besamos, te abrazo fuerte y te aprieto contra mí, de esa forma me vuelves a sentir hasta el fondo de tu cuerpo, y yo te vuelvo a sentir hasta el fondo de mi vida.

Me salgo de ti, acomodas tu ropa interior y mientras yo acomodo la mía, me haces mirar hacia la puerta, ya no hay voces, pero hay una silueta del otro lado, no habla, no se mueve, solo se queda ahí… ¿nos habrá escuchando?