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El lenguaje de tus gemidos

Me encanta escucharte gemir, es algo que me fascina oír mientras hacemos el amor.
Es como si yo te escuchara hablar en cada gemido, como si cada expresión de placer proveniente de tu boca se transformara en palabras al entrar en mis oídos, y desde ahí se extendiera por todo mi cuerpo, erizándome la piel...

Por eso lo provoco con tanta ansiedad, por eso rozo mi cuerpo desnudo contra la delicada piel de tu espalda, y te recorro sutilmente, sutil pero a la vez, con un toque de firmeza de mis dedos que re dibujan el arco en tu espalda, mientras la firmeza de mi sexo sube desde tus muslos hasta los pliegues en tu vagina.


En ese momento viene un gemido prolongado, uno leve, pero que para mi significa “sigue…” y con mis ojos cerrados, mis oídos bien abiertos y el sexo a punto de reventarme continuo en busca de tus siguientes gemidos, porque esos serán mis siguientes instrucciones en el plano de tu cuerpo.

Y entonces mis manos caminan, y van y vienen de tu espalda a tus pechos, y suben hasta tu cuello, y bajan hasta encontrar tu latente pubis. Ahí llega otro gemido, otra instrucción a mis oídos que me dice “mas abajo…”


Y mas abajo se desliza mi mano, con los ojos aun cerrados pero con el objetivo claro, la punta de mis dedos hace contacto y se posa sobre la delicada piel de tu sexo. Un torrente de gemidos surgen de tu boca, disparados hacia mi placer y provocados por el remolino de emociones que nacen entre mis dedos y tus fluidos vaginales.

Entonces, y solo entonces, de entre la ventisca de gemidos y el río que corre entre nuestros sexos, escucho el gemido que quería escuchar desde el principio, el mismo por el que trabaje desde que te quite la ropa y la desnudez de tu cuerpo paso a ser posesión mía, el que en mis oídos suena a… “¡ya no aguanto más!”

Y al escucharlo todo da un giro, la ternura se hace a un lado y queda como mera espectadora de la parte mas salvaje de mi sexo, que pasa a ser quien me guía hacia donde realmente quiere estar. Y así, abriendo los ojos y apretando mi mano sobre tu nuca mientras la bajo al centro de tu espalda, con un movimiento firme te doblo el cuerpo hacia delante, como un brusco cambio de papeles donde la suavidad ya no tiene cabida, te acuesto hasta que lo único que quede pegado a mi cuerpo sean tus firmes nalgas y tu húmeda entrepierna.

No espero mas, tu gemido fue claro para mi, y empujo mis caderas sin mirar, sin tocar, sin asegurarme de nada, solamente de llegar al fondo de tu cuerpo, y así sucede, en una embestida te penetro y resbalo dentro de ti una y otra, y otra, y otra vez, hasta que no hay mas gemidos, sino jadeos que para mi no significan palabras, sino descontrol, porque cuando tu jadeas, la que gobierna nuestros cuerpos es la lujuria, esa a la que no le importa donde, cuando o como, lo único que le importa es satisfacernos entre tu y yo, como siempre hemos hecho, y como por siempre seguiremos haciendo…