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Desayuno a la cama II


Él explotó en la boca de su chica, y su placer le llevó a sentirse en la gloria, tomándola aun de su cabeza, pero ya sin moverla, descargó todo su sentir en una acabada que le obligó a gemir fuerte y sin reprimir ningún sonido, y a apretar los ojos en un esfuerzo tremendo por las contracciones que aun sentía desde su entrepierna.

Cuando abrió los ojos la miró, ese rostro le podía, la mirada, el gesto de placer en cada centímetro de su rostro, la boca aun llena de toda su esencia, la escena simplemente perfecta… para continuar e ir por más.
Se incorporó y ambos quedaron de rodillas sobre la cama, frente a frente compartieron un beso que va más allá de cualquier calificativo, intenso, fuerte, sucio, húmedo, con olor y sabor a sexo, ese beso lo tenía todo.

En el medio de ese beso, él la acarició desde la nuca, la presionó contra su boca y la beso fuerte, bajó sus manos por su nuca, tocó la piel de su espalda y cayó hasta sus nalgas, sintió ese trasero firme con unas manos que apretaban, que sobaban y no paraban de sentir, pero él ya no tenía el ritmo lento para continuar sin prisas, y se lo dijo con las yemas de sus dedos que se metieron entre las nalgas de ella, y le tocaron toda su intimidad, desde el calor que se desprendía de esa zona, todo indicaba que la locura iba a llegar de nuevo, y así sucedió. Él metió sus dedos tan profundo como pudo, acariciando la entrada de su ano, bajando por ese perfecto espacio de piel donde se siente el palpitar del trasero y de la vagina, camino un solo dedo hasta que encontró el sexo húmedo de ella, más que húmedo, ella ya estaba muy mojada y ese dedo entró sin problemas, deslizándose como cuchillo en mantequilla hasta el interior de aquella chica que ya gemía al oído de su chico.

Una masturbación así, después de un orgasmo tan fuerte como lo tuvo él, no puede extenderse mucho, demasiada calentura y ansias por comerse a su chica le impedían continuar masajeando su vagina con los dedos, ahora quería masajear pero con su lengua, y saborear al mismo tiempo todo ese líquido que estaba empapando ya sus dedos. Sacó su mano de entre las nalgas de su mujer, y bajo un poco más, tomándola de la parte posterior de los muslos la hizo levantar y, literalmente, la derribó de espaldas sobre la cama. Ella quedo acostada, con las rodillas flexionadas y los pies apoyados sobre la cama, abierta de piernas y con ganas de sentir esa lengua muy dentro de su intimidad, y él, siendo su complemento perfecto, conociéndola a ojos cerrados… no dudó en entregar su lengua al sexo de su chica.

Él tendió su pecho sobre las sabanas, y tomó las piernas de ella, acercó su rostro a esos muslos abiertos, y dejó caer la primer lamida justo donde sus dedos se habían tomado para derribarla a la cama, justo ahí… donde los fluidos de ella habían quedado impregnando esa piel firme de sus muslos. Cuando terminó de recoger lo que manchaba la piel de ella, se metió directo entre sus piernas y lo que siguió de ahí solo puede ser descrito como sexo oral del más salvaje y sucio. Era sucio porque no tenía un ritmo fijo, sino que la lengua se arrastraba por toda esa vagina, entraba en la punta, moviéndose y retorciéndose dentro, salía y se entregaba en todo su largo y su ancho para encontrar así el clítoris que palpitaba frente a sus ojos, lo envolvía como una sábana que arropa del frio, así su lengua cubría el clítoris y lo hacia sentir aún más caliente, lo enloquecía a lamidas que desbordaban saliva y sexo en todo su esplendor. Ella se movía de un lado a otro, sus caderas iban y venían, subía el cuerpo hasta el filo de la cama, para después dejarse caer con su sexo por delante a penetrarse ella misma con esa lengua dura y caliente que la esperaba firme, que se abría paso entre esos labios y no frenaba hasta que la barbilla de él chocaba contra el sexo de su mujer.

Cuando él la sintió moverse más descontrolada, supo que era el momento perfecto para finalizar bien su obra, y estirando su mano hacia la bandeja de comida al lado de la cama, metió sus dedos en la miel, y así, llenos y escurriendo de miel, los hundió en la vagina de su chica hasta que nada quedara fuera, entro de un solo empujón desde las yemas hasta los nudillos de sus dedos medio y anular. Ella soltó un gemido fuerte, largo, muy sonoro, pero eso fue solo el inicio y el fin del silencio, pues desde ese momento no paró de jadear, sus jadeos eran suaves por momentos, fuertes en otros instantes, y apenas perceptibles cuando se le quebraba la voz por la falta de aire. Él no le daba tregua, sus dedos entraban y salían mezclando la miel con los dulces fluidos de ella, pero ya no eran solo los dedos, pues en ningún momento había dejado de lamer, así que toda esa mezcla que se formaba en su interior y escurría hacia las sabanas, era atrapada por su boca, por su lengua que recogía sin dejar que nada tocara la cama, todo era suyo, cada gota le pertenecía, y una vez atrapados esos fluidos en su lengua, continuaban su camino hacia la garganta... hacía donde tuvieran que llegar.

La mezcla de miel y fluidos era cada vez más liquida, pues la miel ya desaparecía entre su boca y la vagina de ella, y ya no tenía intenciones de sacar sus dedos un segundo más, al contrario, presionó fuerte, sumando un tercer dedo que ya dilataba su vagina de forma increíble, de forma que lo tentaba a dejar lo que estaba haciendo, incorporarse y meterle el miembro que no había dejado de estar duro entre sus piernas, se tentaba, pero el sabor de lo que chupaba era brutal, imposible separarse de ahí así sin más, pero cuando el orgasmo de ella comenzó, ya ni siquiera se lo pensó… separo su lengua del clítoris, sacó sus dedos de un solo tirón y le metió cada centímetro de su erección hasta el fondo de una sola embestida.


Continuo empujando salvaje durante los incontables momentos en que ella se retorcía por el orgasmo que la dominaba, en apenas unos segundos había sentido todo, un dedo, dos, tres, miel en su sexo, una lengua viciosa que le chupaba todo cuanto podía, y finalmente un pene duro como roble que se refundía hasta el fondo de sus entrañas y palpitaba a la par de sus espasmos. La oleada de convulsiones que la sacudió a ella, terminó por sacudirlo también a él, y sintiendo ese remolino apretándole y succionándole su miembro, no pudo aguantar una acabada que ni él mismo se esperaba, pero que la lleno por dentro tanto como a él hasta escurrirse mutuamente el uno en el otro.


Se comieron dos orgasmos, dos acabadas... Y eso era apenas el desayuno…