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Limpiarse los restos

Sus cabellos dorados se mecían al vaivén de sus movimientos, cuando ella lo miraba fijamente, él empujaba su verga dentro de ella, y cuando ella lo miraba y le sonreía, él detenía su movimiento, quedándose quieto y abrazándola hasta pegarse a sus tetas y lamer sus pezones en el más cómplice de los silencios, pero ella no desaprovechaba esos instantes, pues mientras sus pezones eran lamidos y mordidos, sus piernas se apretaban alrededor de la cadera de ese hombre, encajándose ella misma ese pedazo de carne hasta el fondo de su empapada vagina.

De nuevo la expresión cambiaba, y él recibía la mirada que le daba luz verde para volver a enterrarse como un animal sin ningún tipo de limitante, y lo hacía cada vez con más furia, esa que provocaban las interrupciones del movimiento, que no provocaban otra cosa sino desesperación por continuar las embestidas hasta chorrearse dentro del cuerpo de esa mujer, que siempre lucía ante él como un todo, pero así, abierta de piernas y apretándole la verga hasta casi exprimírsela, sólo la podía mirar como la más perra de todas las mujeres, y lo calentaba hasta la locura saber que la más perra… era su perra.

La salvaje penetración continuó por unos momentos, hasta que, de nuevo, ella le miró con la sonrisa pícara que le decía que debía parar… pero esta vez era demasiado tarde, él ya no podía parar, estaba demasiado cerca del orgasmo como para detenerse ahí, así que ignoró la “advertencia” y empezó a empujar todo el peso de su cadera hacía las entrañas mojadas de esa mujer, ella intentó que se detuviera, pues le había dado “la señal” por un motivo, pero cuando la cogida que estaba recibiendo fue demasiado fuerte, ella no pudo más que rendirse al placer que sentía entre las piernas, y dejarse ir, gozando y olvidándose de todo hasta que sus gemidos se convirtieron en jadeos… y fueron escuchados por las personas que habían entrado a ese baño público…



Las voces comenzaron a escucharse más y más sorprendidas afuera de ese cubículo donde ellos estaban metidos, y pasaron de la sorpresa a la indignación por estar escuchando los jadeos y el claro sonido de un sexo más caliente del que pudieran imaginar. Mientras las voces aumentaban su tono, a ella nada más le importaba, y menos cuando estaba recibiendo los chorros calientes del semen de su chico en el interior de su inundada vagina, todo esto fue demasiado, la penetración, esa leche caliente llenándola y haciéndola sentir que chorreaba, más el morbo de la situación, provocaron que ella jadeara tan fuerte como nunca, tan intenso como solo una situación así puede aumentar las sensaciones, y tan caliente se encontraba, que solo después de unos segundos de orgasmo crudo y placentero, sintió liquido chorrear por sus muslos, todo esto mientras una de las voces fuera del cubículo les amenazaba con llamar a seguridad.

Ellos se miraron, se besaron y se acomodaron la ropa, a ninguno de los dos le importó limpiarse los restos de esa acabada, a ella no le importó ni si quiera mirar si lo que caía por sus piernas era fluido propio o semen de su hombre, solo les importaba mirarse y sentirse morbosamente plenos y cada vez más unidos por sus locuras.

Salieron del baño tomados de la mano, sin mirar a nadie, sin detenerse ante nadie, sin explicar a nadie, después de todo… ellos eran dos, y el resto… sobraba…